Hallé un sendero oculto entre matorrales
oscuros. A lo lejos, la enorme silueta de un pájaro. Más allá, un pueblo. Poco
a poco las fachadas empezaban a aparecer
sobre un horizonte verde y ondulado. Esta es la historia de los adoradores de
búhos, un pueblo oculto y pequeño. Los habitantes visten ropas confeccionadas
con plumas. Explosiones de tocados, ponchos, y alhajas tornasoles engalanan a
mujeres, hombres y niños.

La silueta visible desde lejos es un
monumento, un búho de madera gigantesco.
Es, por mucho, la construcción más alta del villorrio. Inmensas vigas levantan
este monumento, cada tabla está tallada minuciosamente. Enormes ojos como soles
miran desde la cúspide y un par de alas titánicas dejan techados los parques
lejanos allá abajo.
Hace mucho tiempo, una plaga de ratas azotó
al pueblo. Cada casa, jardín y callejón se cubrió de un colchón de hocicos y
colas. Los ratones entraron en las ollas, platos y camas de cada habitante. No
hubo pan sin mordedura de roedor en toda la región, todo se convirtió en un
caldo venenoso.
Al comenzar la tragedia, las iglesias se
llenaron con cientos de oraciones, luego se perdió poco a poco la fe. En la época
de mayor dolor y desesperación ya nadie recurrió a dios y en los templos sólo
se paseaba el eco.
Hasta que un día llegaron
del cielo las lechuzas y arrasaron con todas las ratas. Los hombres y mujeres alzaron
los ojos al cielo, y creyeron en el milagro. Cada giro de sus alas era recibido
con agradecimiento, admiración y un respeto infinito para cada pluma, garra y
ojo. Se organizaron y construyeron el primer altar en el centro de la plaza,
una lechuza de piedras que con el tiempo fue creciendo, cada generación le
agregó nuevos materiales hasta convertirla en un gigante de alas extendidas, que
es el sombrero protector de los parques y calles que quedan bajo ella.
Al principio la fascinación por los pájaros
fue de tacto, de piel. Sin embargo, el tiempo hizo que las aves fueran entrando
paulatinamente en el alma de las personas. De admiradores y seguidores se
volvieron idólatras, entendieron que la pluma multicolor podía reemplazar a la
conciencia, que la forma del vuelo podía ser la grafía sagrada que sustituyera
al amor, a la compasión. Un pájaro, su vuelo, su sistema circulatorio, sus
sonidos, sus huesos livianos eran venerados con convicción de vida y de muerte.
Si había algo más hermoso que una formación de gaviotas, esto era el planeo
suave de un gavilán, o tal vez el vuelo zigzagueante de una golondrina….no,
no, lo más hermoso era el búho en plena caza, sí, eso era lo más bello y digno
de ser vivido. El hombre como especie se comprendió como un ser pesado y torpe.
Fue más humano en su humanidad más baja, se creyó una criatura rastrera en
espíritu y en carne. Mientras, en los altares quedaban las aves como los nuevos
ángeles, canción y fuerza de la naturaleza divina. El ornicentrismo descendía
agitando sus plumas doradas.
Se forjó así el espíritu colectivo, la devoción.
Sin embargo el dios antiguo los seguía, secretamente. Cada seguidor de pájaros
no se sentía del lado de la bondad o rectitud, era ésta una adoración clandestina, secreta, oculta, de
remordimientos. Se había dejado de lado al dios que cada cerebro conciente aún
consideraba el verdadero. Pero ¿qué hacer?...se estaba enamorado de un ser o
idea superior distinta al debido. El fervor se trasladó a las celebraciones
callejeras, a la embriaguez del bar, al carnaval. El dios del deber quedó en
los templos, inmóvil, silente. Afuera la pasión despegaba, planeaba y graznaba.
Pero volvieron las ratas. Más feroces,
más grandes. La pesadilla de los ancestros regresaba. Los hijos nuevos del
poblado no lo creían. Ellos, que se sentían tan protegidos con sus plumas
multicolores, con sus altares de alas desplegadas, con su fascinación por el
vuelo, no entendieron cómo de pronto se derrumbaba lo más sagrado, hermoso y
querido que poseían, la idea del ave salvadora y perfecta. Entonces recurrieron
al dios antiguo, al que es debido. Regresaron a la oración antropomórfica,
desesperados por verse caer en la maldición de sus abuelos. Al mismo tiempo que
las ratas entraban a las casas, la gente traspasaba los umbrales de los
templos. Arrepentidos de haber sido adoradores, se arrodillaron, humillados
ante el dios olvidado.
Y allí estuvieron, rezando con su mente,
volviendo al bien, reconociendo al padre natural, al biológico, renegando del
padrastro demente y precioso. Los cánticos comenzaron y ya no podían terminar más. La culpa, el miedo, la
vergüenza invadían las almas como las ratas las calles. Aquí terminaba la
historia de los adoradores de búhos. Todo por lo que vivieron, por lo que se
deslumbraron se quemaba aquí, se incineraron las alas de madera, las garras de
barro. Los dibujos, las rutas de migración, los poemas y cartas. Todo
terminaba. La fascinación termina, y todo vuelve al cauce cuando la muerte o el
peligro se acercan.
De pronto, un ruido de tormenta se oyó en
el cielo. Al principio sólo fue murmullo, imperceptible, pero pronto todos
alzaban las miradas y salían inquietos a mirar. Por entre las nubes de un
atardecer tibio, un batir de alas pulsaba la cuerda tensa del horizonte. Eran
búhos, miles de búhos que volvían. El cielo se llenó aves majestuosas, era todo
una inmensa canción de victoria que llegaba, como maná vivo, como un manto
piadoso que cubre el dolor. El pueblo regresó a la vida, destrozó las iglesias
a fuerza de hacha y, para que nunca más volviera el dios con rostro humano,
quemaron todo en una colosal pira. Cantaron alabanzas al búho con alegría, con
regocijo, con desenfreno. El búho más viejo subió a la nube más alta, y habló
con el dios de los hombres, y en su idioma de animal convenció al eterno con
una razón de sangre y lágrima: “¿Por qué ocultas tu forma? -le dijo- ¿En qué
deben pensar los hombres cuando necesitan lo maravilloso? Tú tienes un rostro
de hombre, que por ser de hombre ya no es rostro de Dios. Entrégales a los
hombres una forma, una letra o un signo de tu divinidad. Como rebaño disuelto, ellos buscan el vuelo
de los pájaros o el sonido de un arroyo para intentar verte. Hoy, como rey de
las lechuzas, te pido que nuestro rostro hecho de vuelo y plumas reemplace el
tuyo que aún no existe.”
Hoy me marcho de este lugar, y mientras me
alejo, mis pies de caminante desean viajar entre bandadas, allá arriba, y no
entre piedras y polvo.